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Julio 1997

Red de bibliotecas rurales de Cajamarca: apuntes sobre el primer cuarto de siglo

Inmersos en nuestro mundo profesional ya tan tecnificado, pocas veces llegan a nuestra Redacción artículos tan encantadores como el que aquí presentamos. Nos parece como un soplo de brisa fresca.

¿Será cierto que los campesinos leen? Y, ¿para qué? Son incontables las veces que hemos escuchado estas preguntas y no pocas similares.

Y decir que los registros anuales de lectores arrojan 30.000 personas, tal vez no es la mejor respuesta. La cantidad sólo sirve de referencia: es la persona-comunidad que emerge siempre, y siempre crece lo que cuenta. La ajenidad agresora de la palabra escrita, del libro como depositario de saberes externos y privilegio de pudientes, empezó a trastocarse hace 25 años en el campo de Cajamarca, un territorio al norte del Perú, cercano a Ecuador.

Concebidas y fundadas en 1971 por el R.P. Juan Medcalf y los campesinos que entonces le acompañaban, esa propuesta se fue construyendo adaptada a la filigrana de expectativas de la propia población campesina. Sin locales, sin vehículos, apuntalando el voluntariado, canjeando los libros como se canjean las semillas del temple con las de la altura, la red pudo afianzar sus nudos y cernir sus posibilidades.

Y este proceso no se ha detenido, porque no hay modelo que resista los cambios de la realidad y las demandas de la propia gente. Si el río siempre es uno pero nunca el mismo, lo son también los pueblos y lo son también los libros. Hoy, aunque se habla de los bibliotecarios rurales, los mismos que son elegidos en asamblea de la comunidad y llevan a cabo su trabajo de manera voluntaria, por las exigencias propias del trabajo y la vida en el campo, podemos hablar más de la familia bibliotecaria: es la esposa del bibliotecario o sus hijos los que mayormente atienden la biblioteca rural. En muchos casos, los niños son los más enterados del contenido de los libros y del funcionamiento de la biblioteca.

Esto no sólo ratifica el voluntariado sino, y sobre todo, el carácter comunitario de la propuesta. Este sentido comunitario es similar en el caso de la lectura: uno lee en voz alta rodeado de muchos, que no sólo escuchan sino que van siguiendo con los ojos la línea que el dedo del lector señala. Sin constituir una propuesta institucional, un mecanismo natural de alfabetización ha sido generado por los propios lectores campesinos.

Libros para una alfabetización dinámica

Aunque las bibliotecas rurales de Cajamarca nunca se han definido como un programa de alfabetización, ni pretenden serlo, sostienen que su quehacer enfrenta al analfabetismo como tal y por desuso.

Y es que el analfabetismo no se presenta aislado. Éste viene a ser expresión de la manera cómo se halla estructurada la sociedad. Así, una propuesta para promover la lectura debe trascender el hecho de lograr una población capaz de leer. Es más bien una cuestión de identidad y dignidad. De asombrarnos siempre. El libro se torna un cedazo donde se ciernen dificultades y se juntan las recuperaciones y alternativas.

Abrir un libro con interés y cerrarlo con provecho es ahora un nuevo adagio en el campo. Si el proceso de lectura no equivale a recuperar y fortalecer las identidades y los vínculos comunitarios, los niveles básicos de respeto generacional, la criticidad en la actividad agrícola y las capacidades de organicidad de las poblaciones, por lo menos en nuestro caso, los libros sólo serían piezas de museo.

Por eso la importancia del trueque en este sistema. No se halla en las comunidades ni un solo local dedicado exclusivamente a la biblioteca rural, ni un estante y, a veces, ni uno de los casi 25.000 libros que circulan en un promedio de 600 comunidades. Todos se hallan fuera, leyéndose, compartiéndose, multiplicándose. El movimiento, pues, se halla concentrado en el campo.

La biblioteca es la propia sociedad

En Cajamarca existe una Oficina Central en la que participan sólo cuatro personas, dedicadas a las cuestiones más administrativas y técnicas. Considerando la burocracia como una traba nociva, se ha renunciado además a todo tipo de centralismo en la toma de decisiones y en la elaboración de los programas puntuales de trabajo. De esta manera, una oficina sólo constituye una suerte de andamiaje que afianza el movimiento señalado.

La organicidad de la red hace posible este desafío: un conjunto de Comunidades-Bibliotecas Rurales constituye un Sector, a cargo de un Coordinador Sectorial que a la vez es bibliotecario; un conjunto de Sectores constituye una Zona, a cargo de un Coordinador Zonal, que a la vez tiene un Zona y su Biblioteca. El conjunto de Coordinadores Zonales (procedentes de 10 zonas delimitadas en 9 de las 13 provincias del Departamento de Cajamarca), constituye el Consejo Permanente de Coordinación. Este Consejo elige un Coordinador General, campesino como todos los coordinadores y bibliotecarios, el mismo que es ratificado en Asamblea General (la reunión de Bibliotecarios Rurales, Oficina Central, Coordinadores Sectoriales y Zonales).

Así, el punto de partida y de llegada es la propia comunidad. La necesidad de enriquecer los saberes propios sostiene la humildad con que la población campesina acoge al libro. La arrogancia, sabemos, es enemiga de la capacidad de aprender. Los humildes enarbolan esta necesidad de leer porque, como reza un proverbio, "es increíble cuánto tenemos que saber para comprender qué poco sabemos".

Los libros se adquieren de acuerdo a los pedidos de los propios lectores. Y cada vez es más difícil cubrir todas las expectativas, no sólo por los altísimos costos del material, sino por la carencia de libros producidos sobre los temas solicitados.

Enciclopedia Campesina de Cajamarca

Aunque desde 1981 empezamos con un rescate de cuentos campesinos, los mismos que publicamos en 10 fascículos y aún son leídos con una avidez enorme, persistía el problema que se había presentado desde la gesta del proyecto: la falta de libros. Y esto no es un problema de libros "adaptados a los campesinos". Se suele cometer el error de publicar libros "para los campesinos", desde el supuesto que éstos son jovenzuelos ignorantes a los que hay que hablarles "simple". Y en el otro extremo, se halla el vicio de títulos múltiples para temas similares, o la abundancia abusiva de modismos técnicos en lenguaje estilizado. El problema siguió siendo la carencia de libros "funcionalmente efectivos".

Por eso, en 1986 se comenzó con un proceso paralelo a la labor permanente de la Red, con el propósito de elaborar nuestros propios libros, en lo que denominamos la Enciclopedia Campesina de Cajamarca. Desde entonces, hemos logrado publicar mas de 40 títulos, con nuestras propias palabras y nuestros propios saberes. El libro, entonces, pasó de un elemento referencial a ser una herramienta de discernimiento. No bastaba con poner en manos de los campesinos un elemento ajeno: "Ahora no sólo leemos, dicen, sino que los hacemos".

Aún con tropiezos, bajones y problemas diversos, nuestra Red ha cumplido sus 25 primeros años de labor ininterrumpida. Sabemos que para este labrarnos juntos no hay pasaje de retorno. Y nos alegra que así sea. Una de las pruebas de su sencillo valor tal vez sea el propósito de seguir afianzándose con todo el ánimo posible. Y de seguir creciendo.

En muchos lugares la experiencia sigue tratando de ser aplicada y quisiéramos creer que van a lograrlo. Diversos intentos se han trabajado en otros Departamentos del Perú y en algunos lugares de América Latina. Más allá, en junio llegaron a Cajamarca dos personas representantes de comunidades africanas que ya han iniciado el esfuerzo: se internaron en el campo para buscar las pistas que les permitan consolidar su propia propuesta.

Por este sueño común que significa profundizar nuestra razón de ser como pueblos, saludamos todos los esfuerzos que, sabemos, se despliegan enarbolando el libro y la lectura, para seguir viviendo.

Quindewach'anan, Cajamarca, 1996.

Alfredo Mires Ortiz, Asesor Ejecutivo.

Nota remitida a IweTel por Juan Fernando Bossio

juanf ARROBA itdg.org.pe

Enlace del artículo:
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