El profesional de la información


Octubre 1996

Biblioteca digital y planetaria en Internet

Por Tomás Saorín

Así acaba Jorge Luis Borges su relato La biblioteca de Babel, un universo que se compone de una serie de hexágonos conectados por pasillos, repletos de estanterías con libros, uniformidad que se repite infinitamente.

Si sustituimos los libros por servidores repartidos por todo el planeta, conectados entre sí, de modo que no podemos calcular el todo, ni qué parte de uno se encuentra repetida en otro, junto a un poco de correo electrónico y un ratón de PC, tendríamos una cierta imagen de Internet, más bella que los protocolos tcp/ip.

El universo‑biblioteca de Borges es quizá una perspectiva para acercarse a la Red, olvidando por un momento el cibersexo, el turismo virtual, los bancos interactivos, los catálogos de tornillos o los piratas que revientan los archivos secretos de la Sociedad Filatélica de Librilla.

Entre la tinta y los bits

Las bibliotecas han tenido presencia en Internet desde que ésta se creó en el marco de los centros de investigación superior. En un primer momento se podía acceder, con suerte, en una esotérica conexión telnet, a catálogos en línea, donde se cambian los horrores de las fichas de cartulina por las temibles pantallas de fondo negro y paso lento. Se recopila información sobre los libros que nos interesan, pero finalmente se visita la biblioteca, para conseguir el objeto de nuestro deseo, un libro, con masa y forma real, el cual consultar durante un tiempo. Aumenta la información, pero Internet va por otro lado.

Esto ciertamente mejora con la explosión del mundo Web, fantasía en colores, donde bibliotecas y servicios de documentación se trasforman en amigables fuentes de información, que nos conducen de la mano por sus fondos. Se puede consultar bases de datos especializadas, y recibir por correo electrónico información puntual sobre noticias de interés. Ver p. ej. el web con el catálogo de la Biblioteca Universitaria de Murcia:

www.um.es/~um‑siu/

Vienen momentos de gran placer, sentimos la biblioteca cerca de nosotros, quedamos como amigos.

Indizar, clasificar, catalogar...

Al mismo tiempo Internet crece exponencialmente y se desarrollan con éxito los famosos buscadores Yahoo, Lycos o Global Network Navigator. El contenido de Internet se organiza, se clasifica. Quien haya accedido, rastreando en pos de alguna información valiosa, verá que estos sistemas siguen la línea apuntada, de nuevo por Borges, al extraer de una enciclopedia china una clasificación de los tipos de animales:

Los animales se dividen en "a) pertenecientes al Emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas". El orden reproduce el caos.

Tomás Saorín (autocaricatura)

Luz en las tinieblas

Las bibliotecas empiezan a organizar proyectos que clasifican los servidores con información de calidad, siguiendo modelos profesionales, asignando materias (ver el servidor NetFirst, de Oclc, en el que colaboran más de 150 bibliotecas en selección y organización de servidores:

www.oclc.org/oclc/netfirst.htm

Empieza a infiltrarse la magia de la aldea global, el universo digital deriva suavemente en biblioteca. Pero los libros, tras siglos de historia y conversaciones a solas, reclaman su sitio. Nacen proyectos para proveer de ediciones electrónicas el patrimonio literario universal. El libro electrónico, imitado durante un tiempo por el cd-rom, se marcha hacia Internet -podemos leer El Decamerón, de Giovanni Boccaccio, en la biblioteca telemática en Italia:

www.liberliber.it

releer El hombre invisible, de Herbert George Wells, en Internet Public Library:

ipl.sils.umich.edu

o Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, en el Proyecto Gutenberg:

www.promo.net/pg/

¿Llegará el séptimo día?

Junto al libro, con voracidad, los medios de comunicación empiezan a construir sus fortalezas para preparar el cambio de milenio: prensa, televisión, radio, casas discográficas, revistas ilustradas..., coparán Internet y serán el punto de referencia para saber cuándo entrará definitivamente en nuestra casa la conexión. Tenemos una gran biblioteca donde las editoriales ponen a disposición documentos multimedia (preferible tarjeta Visa o similares). Cualquiera puede editar, pero nadie lo leerá.

Poco a poco los documentos dejan de verse separados, y las fronteras entre unos y otros medios de comunicación desaparecen, el libro electrónico deja de tener un reflejo en forma de papel. Se producen informes hipertextuales, películas, programas de radio, tertulias con seres de otros planetas, en un único formato que ya se adivina. Universo paralelo al papel. Durante un tiempo voces de profetas anuncian el triunfo de los bárbaros y la caída del imperio.

Al mismo tiempo numerosos columnistas anotan en sus cuadernos cómo conviven con una gran biblioteca, donde no hay únicamente documentos, sino cosas: personas, empresas, servicios, el universo‑biblioteca. Frente al universo televisivo, que fluye en el tiempo, y frente al cual sólo podemos ver o grabar compulsivamente videos, Internet se puede consultar como una enciclopedia, se puede rastrear, e incluso releer pausadamente, dejando marcas a mitad de la noche en un párrafo interesante, y recomendando lecturas a nuestros amigos. Paradójicamente la explosión documental tendrá un efecto beneficioso: tras la acumulación de millones de libros en bibliotecas mastodónticas, gestionadas por ejércitos de bibliotecarios, éstos y los lectores podrán dedicar su tiempo a un único libro de consulta: Internet, la enciclopedia universal.

Tomás Saorín. Centro de Documentación de Servicios Sociales. Comunidad Autónoma de Murcia.

Tel.: +34-68-36 20 00, ext. 1485; fax: 20 18 42

saorin ARROBA mur.hnet.es

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