Mayo 1995
Más madera: revista de prensa
Por Lluís Codina
Tecnologías de la información para aprender
Las nuevas posibilidades de aprender y de innovar la enseñanza utilizando microordenadores y sistemas de información son el tema central de un estimulante artículo de Andy Reinhardt publicado en Byte (en la edición internacional).
De hecho, el trabajo de Reinhardt constituye el artículo principal de un dosier dedicado a la EAO (enseñanza y entrenamiento asistidos por ordenador) o cbed (computer-based education and training), y que se complementa con aportaciones de diversos autores que explican, aunque muy brevemente, algunos casos reales de innovación pedagógica en escuelas y universidades utilizando creativamente redes de ordenadores y sistemas de información.
Reinhardt explica que las tecnologías de la información están cambiando el paradigma educacional. Mientras el antiguo modelo de enseñanza se basaba en clases magistrales (classroom lectures), absorción pasiva y homogeneidad, el nuevo se basa en la exploración individual, el aprendizaje (apprenticeship) y la diversidad, respectivamente. Para ello, siempre según el autor, ahora se necesitan redes de PCs, habilidades para desarrollar simulaciones, correo electrónico y programas de edición electrónica a través de la red.
Resulta sumamente interesante la experiencia que cuenta de la Universidad de Nueva York, que ha desarrollado lo que denominan un "Instituto virtual en el ciberespacio" para impartir cursos de post-grado mediante el uso de Windows, NetWare, Lotus Notes, la red digital de servicios integrados y el sistema Intel de vídeo digital (Indeo).
Después de discutir diversos aspectos de la EAO, exponer experiencias y proporcionar datos estadísticos, etc., el autor propone las "Cinco reglas de oro" de la EAO, de las cuales no nos resistimos a transcribir la primera:
Los ordenadores deben utilizarse para mejorar (no para reemplazar) al profesor, y para suplementar (no para suplantar) métodos de enseñanza tradicionales. Corolario: los ordenadores deben ser utilizados para las cosas (the things they're are good at) y las personas para las que son adecuados.
Se incluye un pequeño cuadro con diversos datos estadísticos sobre la instalación de ordenadores, lectores de cd-rom y modems en las escuelas norteamericanas.
Entre otras aportaciones del dosier, destaca la titulada Seven new ways to learn, de Dennis Barker, donde se describen las experiencias de la Carnegie Mellon University utilizando sistemas de información, simuladores y bases de datos documentales en la investigación de nuevas formas de pedagogía (Reinhart, A. et al. "New ways to learn" -Cover story-. Byte International Edition, March 1995, p. 50-72).
¿Son perdurables los documentos digitales?
Con esta inquietante pregunta titula Jeff Rothenberg, de la empresa Rand, su artículo sobre la durabilidad de los soportes digitales publicado en el número de Investigación y Ciencia del pasado mes de marzo. A diferencia de otros artículos sobre el mismo tema, éste se centra en los aspectos lógicos del problema relacionados con la codificación binaria, antes que en los aspectos físicos, relacionados con la naturaleza de los soportes.
Los medios digitales, afirma Rothenberg, se quedan anticuados rápidamente. Y para apoyar su afirmación nos recuerda que los soportes digitales de los años sesenta y setenta "no han logrado mantenerse legibles durante la centésima parte del tiempo que lo ha sido la Piedra Rosetta (...), que debe su preservación al impacto visual de su contenido, atributo del que carecen los medios digitales".
Como hemos dicho, sus argumentos no se basan en la degradación física de los soportes digitales, sino en la incompatibilidad lógica y física en la que rápidamente caen. Rothenberg piensa en términos archivísticos o museísticos, es decir, piensa en períodos de decenas o de centenas de años, y advierte del peligro de que dentro de cincuenta años un cd-rom actual será imposible de leer, no porque se haya degradado el material de soporte, sino porque ningún equipo informático estará preparado para leerlo, de la misma forma que ningún ordenador actual puede leer las tarjetas perforadas de los años cincuenta.
El problema es grave, porque, como demuestra el autor, se trata de un problema recursivo. Un documento digital siempre necesitará de un documento analógico, como un escrito en papel, donde se explique cómo interpretar las corrientes de ceros y unos que forman el documento digital. Además, se necesitará una especificación sobre cómo debe ser el controlador de software y el hardware de lectura necesarios para leer el documento digital. Si tales explicaciones se codifican también digitalmente y se incluyen en el propio documento digital, entonces hará falta un documento en papel que explique cómo leer el segundo documento digital que explica cómo leer el primero, etc. La cadena nunca tiene fin.
El autor realiza unas estimaciones de obsolescencia de diversos soportes digitales y calcula que dentro de 10 años ya no podrán leerse los actuales discos ópticos y que, dentro de 5, ya no podrán leerse los actuales disquetes de 3,5", en ambos casos por obsolescencia lógica, no por degradación del soporte (en cuyo caso, aumentarían los tiempos de obsolescencia a 30 y 10 años respectivamente).
Este problema podemos experimentarlo ahora mismo. Muchas empresas tienen cientos de tarjetas perforadas, cintas magnéticas o discos duros antiguos, pero no tienen ya ningún ordenador en funcionamiento con periféricos preparados para leer esos antiguos formatos. Si los datos que contienen no están también registrados en papel, no podrán recuperarlos jamás (a un precio asequible, claro).
Visto con una perspectiva de decenas o de centenares de años, y pensando en términos de patrimonio cultural, el problema es, ciertamente, preocupante, porque, por ejemplo, es impensable que dentro de 50 o de 100 años exista la más mínima posibilidad práctica de leer alguno de los muchos cd-roms actuales. De este modo, la humanidad puede perder una parte importante de su patrimonio cultural, salvo que la información vaya actualizándose cada vez a los nuevos soportes digitales.
Aunque el autor propone algunas soluciones basadas en la adopción de una "norma de información contextual" y el sucesivo volcado de documentos digitales a nuevos soportes, él mismo no parece muy convencido y acaba deseando suerte a las generaciones futuras.
Aunque no se comparta el pesimismo del autor, el artículo vale la pena por las ingeniosas argumentaciones que contiene y por las interesantes paradojas que pone de manifiesto, agazapadas en el problema de la interpretación de las series de bits (Rothenberg, Jeff. "¿Son perdurables los documentos digitales?". Investigación y ciencia, marzo 1995, p. 8-13).
Publicación electrónica a través de redes
Tenemos una de cal y otra de arena. Aquí es Gary Stix con el artículo "¿Muere la letra impresa?", publicado también en Investigación y ciencia (pero del mes de febrero), quien defiende sin complejos la publicación electrónica a través de redes telemáticas.
Stix comenta algunas tendencias en la publicación electrónica de revistas académicas a través de Internet.
Comienza presentando los habituales datos sobre la explosión de la información, concretándolos en un divertido gráfico donde se compara la altura que alcanzaría una pila formada por las revistas de la base de datos Medline durante un solo año: sobrepasaría la altura de la torre del monumento a Washington (240 y 160 metros respectivamente), y la que alcanzaría una columna con los cd-roms (unos 1.000, con una altura de 1,5 m) necesarios para contener esas mismas revistas.
En otro gráfico describe las curvas de los precios de suscripción a las revistas y el número de revistas adquiridas por las bibliotecas universitarias, curvas que tienen forma de tijera abierta: a medida que aumentan los precios, desciende el número de revistas adquiridas.
El autor defiende, pues, la idea de que la publicación electrónica sólo puede suponer ventajas para (casi) todos los actores de este juego: autores, lectores y bibliotecas. Destaca, no obstante, los peligros del "todo vale" actual de Internet y advierte que "podría actuar en contra de los empeños tendentes a elevar la categoría de las revistas electrónicas". En este sentido, afirma que "el puro volumen de la bibliografía y la creciente incapacidad para distinguir el trigo de la paja en lo publicado puede desembocar en una pérdida generalizada de la calidad".
Explica el caso de algunas revistas electrónicas de prestigio, como una revista gratuita sobre Psicología y Ciencias cognitivas, llamada Psycoloquy, editada por Stevan Harnad y subvencionada por la Asociación Americana de Psicología, que se distribuye a través de Internet.
Para nuestro colectivo, sin embargo, tal vez la parte más interesante del artículo es donde explica el punto de vista de Daniel E. Atkins, de la Escuela de Documentación y Biblioteconomía de Michigan: "me propongo ahora redefinir la tarea del bibliotecario, al que imagino como un profesional que debe reunir en sí las destrezas del licenciado en informática, del graduado en empresariales e incluso un poco del bibliotecario de vieja escuela".
Atkins y su equipo, prosigue el artículo, trabajan en el concepto de unos agentes inteligentes capaces de explorar las redes para recuperar información (la denominación de "agentes" se ha puesto de moda en informática para designar toda una serie de programas y, ahora, sirve también para referirse entre otras cosas a los famosos knowbots de hace unos años).
Documentalistas sustituidos por softwares agentes
El artículo incluye un vistoso gráfico de la posible arquitectura de una red donde actuarían tales agentes realizando funciones de bibliotecario de referencia. Un agente situado en la interfase de usuario estudiaría la petición de información y la analizaría a la vista del perfil del solicitante, almacenado en una base de datos. Canalizaría esa información a un agente de mediación, el cual estimaría las fuentes más oportunas, dadas la pregunta y las características del usuario, y la enviaría a un agente recopilador, que se encargaría de realizar las búsquedas en las bases de datos pertinentes; una vez recuperada la información, un agente ensamblador de datos la compilaría y editaría antes de enviarla de nuevo al agente de la interfase de usuario, que la mostraría al usuario en forma de un documento en pantalla.
"La red electrónica", concluye el artículo, "difumina las fronteras entre el experimentalista, el autor, el editor, el recensor y el archivero" (Stix, Gary. "¿Muere la letra impresa?". Investigación y ciencia, febrero 1995, p. 70-75).
Lluís Codina. Universidad Pompeu Fabra (Barcelona)
codina_lluis ARROBA fcsc.upf.es
Enlace del artículo:
http://www.elprofesionaldelainformacion.com/contenidos/1995/mayo/ms_madera_revista_de_prensa.html