El profesional de la información


Febrero 1994

Sobre Archivística y Documentación

Por Antonio Ángel Ruiz Rodríguez y Maria Elvira Sillera

Antonio Ángel Ruiz Rodríguez, catedrático de la Escuela Univ. de Biblioteconomía y Documentación de GranadaContinúa el debate, dentro de las páginas de IWE, sobre cuál debe ser la formación académica que deben recibir los profesionales de los archivos. Publicamos ahora una nueva colaboración recibida en la redacción de nuestra revista, remitida en este caso por Antonio Ángel Ruiz Rodríguez y Maria Elvira Sillera.

Lo peor que tienen los debates es que todos nos sentimos inclinados a expresar nuestra opinión que, "lamentablemente", creemos fundamental para la buena marcha del tema, en vez de dedicarnos a trabajar con las ideas que se hayan podido aportar.

Desgraciadamente vamos a formar parte de los irredentos debatientes, pero eso sí con la conciencia de que la aportación, si bien no será muy rica ni, por supuesto, definitiva, sí está basada en la experiencia personal y puede resultar al menos sugerente para algún lector.

Maria Elvira Sillera, profesora de la Escuela Univ. de Biblioteconomía y Documentación de BarcelonaEntendemos que este debate, que podemos calificar de obsoleto y poco productivo, ya debería estar resuelto hace años a favor de la integración de la Archivística y el archivo en el denominado mundo de la documentación o de la información, no como una absorción que tienda a despersonalizar al archivo, porque esto es imposible, sino como el resultado de un esfuerzo común entre los distintos centros para dar un mejor servicio al usuario y, por supuesto, para formar al profesional capaz de darlo.

Podemos encontrar tres puntos bien definidos en este debate:

1. Similitudes que presentan las ciencias de la información.

En el primer caso podemos observar que en los últimos años ha habido un acercamiento considerable entre las tres unidades de información por excelencia: archivos, bibliotecas y centros de documentación. En el caso de los dos últimos centros está asumido por todos, pero hay una cierta reticencia a aceptar que el archivo es otro centro informativo más, aunque los congresos y encuentros profesionales internacionales no se cansan de recordarnos que estamos en los umbrales del año 2000 y que el archivo demanda un nuevo profesional, acorde con la era de la información. Ya en 1984 un autor aceptado por todos, Richard M. Kesner, en un artículo titulado "Gestión automatizada de la información: ¿Tendrán los archiveros un papel en las oficinas del futuro?", señalaba, contestando a esta pregunta, que "no", porque había que cambiar la naturaleza y las funciones del archivero si no queríamos caer en la consideración de "meros conservadores anticuarios".

En fechas más recientes se han producido aportaciones de gran importancia, como la publicada en la revista Argus por Carol Couture, en 1988, titulada "¿Dónde se encuentra la Archivística?", que apostaba por rupturas con el pasado de esta materia; o las recientes aportaciones de Charles Dollar y el propio R. M. Kesner en las Cuartas Jornadas de Archivística de Cataluña, que presentaba al archivero como gestor de la información.

Es aquí precisamente donde puede realizarse el mayor acercamiento entre las distintas unidades de información en este nuevo profesional del archivo que, sin olvidar su función conservadora, fomenta notablemente el papel de gestor de documentos, en otro tiempo mantenido en estado latente.

Si nos preguntamos por qué este acercamiento se puede dar en la actualidad y no antes, la respuesta es bien sencilla. Y no es otra que los cambios importantes que se han producido. El archivo se ha diversificado y hay un desarrollo claro de los archivos administrativos e históricos, públicos y privados y de los archivos con soportes tradicionales y también con soportes audiovisuales y magnéticos. Además deben atender a un usuario distinto a aquel investigador tradicional de hace años.

Incluso en archivos históricos el investigador ha cambiado y, en gran parte, lo que se reclama es una información que, partiendo de documentación histórica pueda tener aplicaciones prácticas en la actualidad. Este es el caso de los arquitectos en archivos municipales.

Aunque todos estos cambios son fundamentales, el que más acerca a los distintos centros de información es la aplicación de nuevas tecnologías, ya que multiplica la capacidad informativa del archivo y capta usuarios potenciales al mostrarles el volumen informativo del archivo mientras consultan fondos de otros centros. Evidentemente hay que mantener las diferencias en el tratamiento de la documentación de archivo por tener características distintas a la propia de otras unidades de información.

El futuro apunta hacia un archivero gestor de información en su conjunto y hacia un especialista por la función que desempeña en el entorno informativo y no tanto por el tipo de centro en el que realiza su trabajo. Así podrían encontrarse especialistas en referencia, catalogación, preservación, reprografía y documentación, por citar algunos ejemplos.

Este nuevo profesional del archivo debe formarse en centros universitarios multidisciplinares como son las Facultades de Documentación, en segundo ciclo, y las Escuelas Universitarias de Biblioteconomía y Documentación, en primer ciclo, en cuyos planes de estudios reformados debe tener mayor carga lectiva la Archivística que la que tenía en el pasado.

2. Formación profesional.

Con esta afirmación entramos de lleno en el segundo punto que ha de marcar la relación del archivo y la universidad. A un nuevo archivero corresponde una nueva posibilidad de formación que aplique las recomendaciones de la Unesco y otros organismos internacionales referidas a armonización. Ésta debe entenderse en su justa medida de integración, coexistencia, colaboración y aprovechamiento racional de todo tipo de recursos y bajo ningún concepto como intento de fusionar o absorber materias, centros u organismos que ya tienen su personalidad.

Pensamos que esta propuesta formativa de la universidad sería realista en sus presupuestos teóricos pues daría un profesional de la información con perspectivas profesionales variadas, que faciliten su inserción en el mercado laboral. Esta consideración no ha de infravalorarse ya que la experiencia nos dice que la superespecialización conduce irremisiblemente al paro. Además unos estudios que formen un profesional del archivo en sentido clásico estarían desaconsejados porque la oferta laboral en archivos históricos no se corresponde con sus necesidades.

En conclusión debemos valorar el hecho de que las directrices del Ministerio de Educación sean muy amplias y cada universidad pueda manifestar su personalidad y tendencias ajustando los programas que considere oportunos a las tendencias ya manifestadas en la experiencia de Escuelas de Biblioteconomía y Documentación. Algunas de éstas manifiestan un especial interés en Archivística. También en la reforma del paso del primer al segundo ciclo se exigen los créditos oportunos de Archivística.

Si entendemos la actual estructura de la universidad basada en departamentos, comprenderemos que no es tan importante crear títulos sumamente específicos, sino más bien conseguir el concurso de todos los departamentos implicados y profesionales en ejercicio para obtener una enseñanza multidisciplinar que consiga también aprovechar los recursos humanos y profesionales, como aconseja la Unesco, más aún en una época de crisis, como en la que nos encontramos, en que se deben realizar esfuerzos en función de su rentabilidad.

3. Relación entre la Universidad y los profesionales del archivo.

Por último debemos analizar la relación entre los profesionales del archivo y la universidad olvidándonos de tiempos pasados en que vivían de espaldas, lo que llevaba a que la formación profesional sólo se diera a través de los archivos. Ya hace años que esta situación terminó y hoy la universidad cuenta con departamentos muy diversos y abiertos a profesionales que quieran integrarse bien a tiempo parcial, por la vía del profesor asociado, bien a tiempo completo, por la dedicación absoluta a la universidad. Los dos casos son muy frecuentes dándose la circunstancia de que la mayoría de los profesores que imparten las asignaturas de Archivística son o han sido archiveros, al igual que ocurre con los profesores de Biblioteconomía y Documentación.

En conclusión pensamos que ha llegado el momento de acabar con la discriminación de la Archivística y del archivo, y la forma de hacerlo es a través de la integración absoluta en el mundo de la información, en igualdad de condiciones que los demás profesionales y centros, aunque manteniendo su personalidad y características distintivas. Esto nunca se conseguirá con procesos endogámicos, que sólo conducen a un mayor aislamiento.

Una de las enseñanzas mejores que podemos obtener de la universidad es la liberalidad de pensamiento y por ello, aunque consideremos la mejor opción las titulaciones específicas y separadas en Archivística o Biblioteconomía, estamos seguros de que la convivencia será posible entre las diversas opciones formativas y de que nunca existirá la descalificación hacia profesionales que intentan aplicar nuevas técnicas y planteamientos tanto en la docencia como en el trabajo diario en unidades de información.

Mantener la enseñanza de la Archivística como algo propio de asociaciones y otros colectivos profesionales, no totalmente integrada en todos los niveles de la formación universitaria, lleva a perpetuar una situación que no nos parece la más adecuada para las exigencias de los archivos del país.

Antonio Ángel Ruiz Rodríguez. E.U. de Biblioteconomía y Documentación. Universidad de Granada. 28071 Granada.

Tel.: +34-58-24 39 43; fax: 24 39 45

Maria Elvira Sillera. E. U. de Biblioteconomía y Documentación. Universidad de Barcelona. Travessera de les Corts, 131. 08028 Barcelona.

Tel.: +34-3-491 37 15; fax: 491 39 54

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